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El mal dormir: una terapia literaria para insomnes

El mal dormir: Un ensayo sobre el sueño, la vigilia y el cansancio - El desorden político: Democracias sin intermediación

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El mal dormir: Un ensayo sobre el sueño, la vigilia y el cansancio, de David Jiménez Torres, es interesante si uno es insomne. Pero lo es también aunque uno no lo sea. Y lo es porque como ensayo está bien nutrido, pero sin ser un tostón. Y porque es breve. Y porque hibrida lo erudito con lo autobiográfico y con lo reflexivo. Y, en fin, porque es ameno. Por eso recomendaría leerlo a cualquiera que pueda.

JOSÉ MARÍA CASADO FRAILE

El ensayo transita por todo lo que es el sueño y por lo que es su carencia, y por lo que rodea ambas cosas. Pero desde la perspectiva del que se lo encuentra cara a cara todas las noches -e incluso en las siestas-. Y va tocando todos los palos, como quien no quiere la cosa, introduciéndolo a uno en un feliz encuentro:

Medidas desesperadas

Cuenta el autor que B. Franklin y Dickens eran coleguitas insomnes, y que se carteaban. Y que Dickens se pillaba unos cabreos sordos porque cada consejo que le daba el otro lo alejaba más de su anhelado descanso (que si sal de la cama y camina descalzo hasta sentirte congelado, que si agita las sábanas al menos veinte veces…).

Y es que ese sería precisamente un primer rasgo de todo zombi al que el sueño lo eluda: probarlo todo, hasta la santería, con tal de dormir. Hoy quizá ya nos parezca un pasote lo del opio y el láudano como pelotazo inductor del sueño, pero el alcoholito quizá ya no nos escandalice tanto (quién no se ha tomado un vinito con una pastillita de melatonina en un arranque de creatividad). O incluso el mindfulness febril que en el fondo acaba siendo, por desesperado, justo lo opuesto a lo que el mindfulness pretende ser.

Insomnes ilustres

Interesante es también ver la cantidad de genios productivos que lo han sufrido: desde Scott Fitzgerald a Hemingway (también coleguitas epistolares), de Proust a Van Gogh, de Napoleón a Margaret Thatcher, de Freud a Walt Whitman. Bien es verdad que alguno terminó cortándose la oreja, o exiliado por sus delirios de grandeza y por liarla parda. Pero ahí quedó todo lo que hicieron, que es más que lo que usted y yo probablemente consigamos. Y encima ellos sin pegar ojo, como los habitantes de Macondo.

Pero no cae el autor en la simpleza de idealizar el nexo de causalidad entre esa grandeza y esas horas hurtadas al sueño. Porque atina bien al apuntar acto seguido a los estudios que demuestran precisamente lo contrario: que la creatividad se alimenta mucho y bien de la fase REM, porque esta no deja de ser una coctelera de libre asociación de ideas que junta islotes mentales que de normal jamás se encontrarían.

Alcance del insomnio

Otro palo que toca -y que a más de un insomne quizá le haga sentir menos solitario- es la magnitud de personas afectadas por ese mal dormir. Porque la OMS cataloga ya la falta de sueño como epidemia, y la Sociedad Española de Neurología proyecta que entre un 20 y un 48% de la población adulta sufre o ha sufrido puntualmente insomnio.

Y, aunque no sorprenda tanto que el mercado esté al quite, sí impacta un tanto que la industria de lo directa e indirectamente relacionado con el tema crezca a un ritmo del 8% interanual: fármacos light -y no tan light-, cosméticos, colchones milagrosos, libros de autoayuda o, en fin, todo lo que apele al mundo zen trae causa de la misma idea: nos obsesiona el descanso y nos obsesiona no estar a la altura del día siguiente.

Causalidad del insomnio

De poco le sirve al pobre diablo, sentado a las 4 a.m. bajo la mortecina luz de su cocina frente a su taza Duralex de leche tibia, que le digan que el insomnio tiene un sentido antropológico; que le digan que es la respuesta evolutiva al peligroso entorno nocturno de la jungla; que le digan, como si fuese psicología inversa aplicada a un niño pequeño, que su cronotipo lo convierte en el vigía que aseguraba la supervivencia de su grupo. Pero al que ve los toros desde la barrera no deja de resultarle un dato interesante.

Quizá le reconforte más la tesis actual de que la conectividad constante, el estrés, las pantallas, la compulsiva multitarea de “la sociedad del cansancio”, de Byung-Chul Han -donde hasta los ciclos personalísimos de actividad/descanso son apisonados por las horas laborales que dicta el entorno- son las responsables de su recurrente empacho nocturno de techo.

Aunque seguramente le guste menos esa paradoja por la cual, aunque sea una contribución de granito de arena, es su propio insomnio el responsable de su insomnio (A Kennedy… ¡lo mató Kennedy!, que decían en aquella película): porque curiosamente el bucle mental en el que entra el insomne, la magnificación de lo negativo que a uno lo enajena en ese momento, la rumiación mental revisora/anticipadora, esa percepción de soledad y la mega conciencia del transcurso del tiempo generan en el insomne tal estrés que le disparan el cortisol… Que es precisamente lo que el body menos necesita para conciliar el sueño.

Efectos del mal dormir

Y la verdad es que no es para menos que el insomnio obsesione a quien lo padece. Porque no es ya sólo que afecte a la memoria, o que merme la capacidad de atención, o la habilidad resolutiva, o que inhiba los ‘amortiguadores emocionales’ incapacitando químicamente para la mesura; es que, por extrapolación de todo ello al plano colectivo, ha llegado a demostrarse que está relacionado con una tara salarial en muchos de quienes lo padecen, con una reducción en la productividad de las instituciones o estructuras empresariales e, incluso, con un incremento del nivel de corrupción y del engaño (quizá porque la rectitud exige una energía extra que al insomne le sobrepasa) cuyo impacto conjunto ha llegado a cifrarse en un 2% del PIB.

Esto sin contar con la culpa con la que el insomne vive su maldición. Y no ya culpa en el sentido religioso (que también la hubo: para los protestantes del S.XVII, por ejemplo, un insomne era un vago abandonado a su horizontalidad ociosa y gratuita), sino culpa en el sentido utilitarista: porque tenemos grabado en el alma que hay que dormir cuando toca dormir y que hay que dormir para poder producir. Lo que convierte el sueño en un deber pautado a las órdenes de la hiper productividad, y al pobre insomne en una versión más del homo agitatus del que habla Jorge Freire. Y si no que le pregunten a cualquier opositor con qué pánico vive cada eterno minuto de impretendida vigilia.

Aunque, puestos a relativizar, todo eso queda en agua de borraja en comparación con el denominado “insomnio familiar fatal”, que literalmente mata de sueño en pocas semanas a quien lo padece.

Función del sueño

Es curioso todo esto, porque siendo la necesidad de sueño una máxima biológica que aplica al 100% de las especies (hasta los moluscos dormitan, aunque sea a su manera), su estudio científico es algo relativamente reciente en comparación con la adquisición de otros conocimientos sobre el cuerpo humano. Bien es cierto que sin electricidad no había electrodos, y sin electrodos poca fase REM podía detectarse, pero aun así no fue hasta los años 1950, aprox., que se supo algo decente al respecto.

De ahí que conceptos como “ritmo circadiano”, “cronotipo” o “búhos vs. alondras” hoy nos suenen muy a película indie, pero hasta antes de ayer no se había descubierto que el sueño no es un simple ON/OFF del cerebro, sino que es más bien un barrido multifásico regenerador de las diversas funciones del organismo.

No en balde empresas como Meta o Nike han llegado a dotar de salas de siesta a sus empleados. Porque el futbolín y las neveritas con Red Bull gratis podrán despejar algo el cerebro, pero sólo esa cabezadita es gasolina pura. Y lo saben.

En fin: que recomiendo mucho este ensayito. Y que voy directo a la leerme Funes el memorioso, que ya va siendo hora.

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José María Casado Fraile es subdirector de SKR | Escuela de Gobierno y Transformación Pública. Licenciado en Derecho, ejerció la abogacía durante 8 años antes de dejarse seducir por el mundo de las oposiciones y la formación de los líderes del futuro.

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