Eurovisión 2026 ante el desgaste del orden liberal: ¿un escenario en crisis?

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Representación conceptual de Eurovisión 2026 bajo la sombra de la crisis del orden liberal y la diplomacia multipolar.

Eurovisión 2026 ante el desgaste del orden liberal: ¿un escenario en crisis?

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SAMUEL ANTÓN CHIVO | Experto en Eurovisión. Opositor al CSACE.

Eurovisión cumple setenta años, pero nunca fue solo un festival. Nació en 1956, bajo los escombros de una Europa que buscaba reconstruirse sobre una doble promesa: sustituir la trinchera por la antena y la ideología por un horizonte compartido. Un evento televisivo en el que se afianzó el consenso del orden liberal reconfigurando la gestión del poder: de la guerra al escenario. 

En plena Guerra Fría, la rivalidad estatal se desplazó hacia espacios regulados por reglas compartidas. Eurovisión se erigió como una plataforma donde la coerción fue sustituida por el reconocimiento y el conflicto por el espectáculo. El festival se convirtió en un punto de encuentro donde el poder y los valores liberales confluían para dar forma a un orden que hoy parece agotado.

Sin embargo, la historia de Eurovisión no es de una estabilidad imperturbable, sino de una constante metamorfosis. El concurso ha demostrado una asombrosa capacidad de transfiguración del poder: la habilidad del escenario para adaptarse a tensiones, regímenes y épocas. Pero esa elasticidad parece tener un límite. Hoy, el marco liberal que permitía domesticar el conflicto a través de la música se agrieta ante una realidad ajena al brillo de los focos. 

Las grietas de un orden en jaque

Si Eurovisión fue producto de una hegemonía liberal unipolar, su crisis es el síntoma de una transición hacia la multipolaridad. Esta erosión se manifiesta en cuatro fracturas que han convertido el certamen en un campo de batalla simbólico:

La guerra de Ucrania. La invasión rusa obligó a la Unión Europea de Radiofusión (UER) a incinerar su neutralidad. Lo que surgió como una maniobra de contención geopolítica se ha reavivado: de la victoria de Ucrania en 2016 al veto de Moscú en 2017, culminando en la expulsión fulminante de Rusia en 2022. Este giro evidencia un cambio de paradigma: de la cooperación a la competición. Mientras el gasto militar continental alcanzaba su máximo histórico en 2024, el festival blindaba sus fronteras morales.

La inestabilidad en Oriente Próximo. El conflicto en Gaza ha polarizado a una UER incapaz de procesar el agravio comparativo. Mientras la expulsión de Rusia fue inmediata, el trato a Israel fractura al continente. Alemania e Italia actúan como escudo de Tel Aviv, bloqueando cualquier exclusión bajo la premisa de un festival apolítico. El canciller alemán, Friedrich Merz, amenazó con la retirada de Eurovisión si Israel era expulsado.

Esta protección trasciende la cortesía cultural: es un alineamiento político y popular. La sintonía entre Israel e Italia cristalizó en 2025, con un intercambio mutuo de las máximas puntuaciones de sus jurados. Este doce a doce institucional culmina una tendencia: en 2024, el 40% del televoto italiano apoyó a Israel.

El voto es hoy un aval de legitimidad entre aliados. Eurovisión, es el termómetro de una Europa que sacrifica su coherencia moral ante el escrutinio del mundo.

Intervisión. La reactivación de Intervisión en San Petersburgo en 2025 marca el fin del monopolio cultural de Occidente. Con la participación de potencias como Brasil, Rusia, India o China, no estamos ante un festival alternativo, sino ante un ecosistema de influencia que desplaza el eje del poder.

El objetivo es levantar un bloque cultural ajeno a los estándares de la UER, poniendo la música al servicio de la multipolaridad en un cambio de era que evoca la máxima de Gramsci: el viejo mundo muere, el nuevo tarda en aparecer y, en ese claroscuro, surgen los monstruos. 

El efecto Trump. El auge del nacionalpopulismo es un factor sísmico con epicentro en Washington. El repliegue de Donald Trump intensificó la pulsión nacionalista en Europa, permitiendo que figuras como Viktor Orbán pasaran de la disidencia a ejecutar una nueva ortodoxia.

Hungría, núcleo de este choque, rompió con el orden liberal posmoderno al retirarse de Eurovisión en 2020. Su mensaje fue nítido: la soberanía absoluta no admite escenarios compartidos que promuevan la diversidad. Es el triunfo de un caballo de Troya que decidió dejar de fingir. 

Estas fracturas son síntomas de un mundo en mutación, donde el orden liberal se desgasta ante un espectador que ya no reconoce las viejas certezas. La cuestión ya no es si el festival sobrevivirá, sino si estamos condenamos a escuchar, eternamente, el eco de un mundo que ya no existe. 

El eco de la desconfianza

La crisis es tangible. La retirada de España, Eslovenia, Irlanda, Países Bajos e Islandia de Eurovisión 2026, responde a una desafección profunda con un marco de valores que prioriza la permanencia de Israel. Ante el abismo, la UER se blinda en la neutralidad: el eslogan ‘United by music’, un patrocinador como Moroccanoil (empresa israelí) y en la defensa de Eurovisión como un concurso de cadenas públicas, ignorando que dichas estructuras no operan en el vacío, sino que nacen y rinden cuentas ante parlamentos nacionales; una dependencia que convierte la supuesta neutralidad en un acto político.

Este blindaje es una armadura pesada que también fractura a la Unión Europea. Existe un paralelismo asfixiante entre la negativa de Italia y Alemania para expulsar a Israel del festival y la reciente resolución de abril de 2026 en Bruselas, donde se bloqueó la suspensión del Acuerdo de Asociación con Israel. En ambos escenarios, las alianzas estratégicas aplastan la coherencia moral. Eurovisión ya no es el pegamento de una Europa diversa, sino un espejo de sus fracturas internas.

Es una cuestión de confianza. Sin ella, las reglas del juego se desmoronan y asistimos de nuevo a una transfiguración del poder: este no desaparece, solo cambia de forma, de lenguaje y de escenario.

Tras décadas de afinidades soterradas, el festival emerge con una claridad descarnada porque el propio orden internacional ha cambiado de registro. Eurovisión no escapa a la realidad, se hace visible como el último acto de una arquitectura que empieza a ceder. 

¿El fin de una promesa? 

Cuentan que Casandra fue condenada a profetizar el incendio de Troya, pero su voz fue ignorada por la ceguera de quienes preferían la comodidad del mito a la crudeza de la advertencia. Quizá, durante la última década, Eurovisión ha sido nuestra propia Casandra: un escenario que lanzaba señales sobre la fractura del orden liberal mientras el continente, confiado, prefería seguir bailando.

Eurovisión siempre ha sido, un acto de fe: la convicción de que Europa podía encontrarse sin enfrentarse. Esta utopía, hoy, tropieza con un escenario global donde se impone el lenguaje de la fuerza y los cimientos del certamen tiemblan bajo nuevas fricciones. 

Esta fe ya no resulta una obviedad. Entonces, la pregunta se impone, inevitable: si el orden que hizo posible Eurovisión está cambiando, ¿puede el Festival seguir siendo el mismo

Se trata de una crisis de propósito. Quizá siga habiendo música, luces y votos, pero es probable que ya no cumplan la misma promesa. Eurovisión, al igual que la propia democracia liberal, es una arquitectura que solo se mantiene en pie mientras compartimos sus códigos. Cuando se quiebra la confianza en el sistema que los engendró, lo que permanece en el escenario es solo el eco de lo que un día decidimos creer. 

Enlaces de interés

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