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Conocer y entender la historia, único camino de salvación

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JUAN RAMÓN BEDMÄR

Pocas áreas del conocimiento se prestan tanto a ser caracterizadas por la utilización de citas como la historia. Desde la célebre “aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla” – atribuida a Napoleón – a la reflexión de Jean Paul Sartre donde afirma que incluso el pasado puede modificarse, ya que los historiadores no paran de hacerlo. Más allá de la lírica de las citas, la peculiar esencia de la historia es que es y no es. Es una verdad y a la vez una mentira. Es, en resumidas cuentas, el gato de Schrödinger de las ciencias sociales. ¿Por qué?

Porque la historia no es nada, es pasado, se ha desvanecido. Y sin embargo no podemos explicarnos lo que somos sin apelar a nuestra propia historia. La conciencia de clase, el nacionalismo, incluso el credo y la fe, no pueden experimentarse sin una evocación a la trascendencia de lo que otros hicieron.

De lo que es historia, hoy solo quedan reconstrucciones parciales de la realidad sesgadas por la forma de entender el mundo de quien la cuenta y por el desfase cultural – como bien diría William Ogburn – del que la recibe. De ese retal infinito sólo tenemos fracciones que, unidas a la tendencia humana a polarizar, convierten la historia en una paleta de blancos y negros de la que se pierde toda la información de la gama de grises.

“La opinión pública aplica el rigor jacobino como si el universo hubiera decidido que las personas valen tanto como la peor de sus acciones”

Personajes como Cristóbal Colón pasan, como vemos estos días, de héroe a villano por un lamentable evento -el homicidio de George Floyd- sucedido 500 años después. La opinión pública le aplica el rigor jacobino como si el universo, en juicio sumario, hubiera decidido que las personas valen tanto como la peor de sus acciones. Así se cumple el paradigma de Friedrich Engels cuando afirmaba que todo lo que es real en la historia humana se vuelve irracional en el proceso del tiempo.

Y es que cada vez más, debido a las facilidades de acceso al conocimiento, la historia como disciplina científica se ve manoseada y despojada de su esencia. Los intereses políticos o los lobbies, en su lucha por construir relatos legitimadores, reescriben la historia al antojo de las necesidades de su discurso.

Uno de los casos más llamativos se encuentra actualmente en los estudios del Institut Nova Història. Desde hace algunos años se encarga de servir al movimiento nacionalista catalán sosteniendo la posibilidad de que Miguel de Cervantes o Santa Teresa de Jesús fueran catalanes. Incluso se afirma la preponderancia de la nación catalana dentro de la antigua monarquía hispánica aduciendo que el emperador Carlos V no murió en el monasterio de Yuste sino en el de Sant Jeroni de la Murtra, sito en Badalona.

“Los intereses políticos o los lobbies, en su lucha por construir relatos legitimadores, reescriben la historia al antojo de las necesidades de su discurso”

No es nuevo en nuestro país -ni en ningún otro- el retorcimiento de los hechos históricos puestos al servicio del control social: caso peculiar y poco difundido es el del rey Felipe V. Ávidos de garantizar el respaldo de la nueva dinastía borbónica, los escribas patrios decidieron convenientemente omitir que, en el ocaso del monarca, éste fue consumido por un trastorno psiquiátrico manifestado en los mordiscos que propinaba a sus sirvientes. Durante meses, desconcertaba a sus allegados creyendo estar muerto, o carecer de brazos y piernas.

Se puede establecer alguna analogía entre esta utilización torticera de la historia y el turgente concepto de las fake news. La divulgación de los hechos históricos no deja de ser información, y del mismo modo que sucede con los medios de comunicación y los hechos noticiables, la información histórica manipulada no es información histórica sino desinformación.

Jürgen Habermas aboga por una opinión pública crítica y formada para combatir los excesos de los medios y el auge de la desinformación. De igual modo, sería conveniente fomentar la recuperación de una nueva visión sobre la aproximación mainstream a la disciplina histórica.

“El dominio riguroso de la historia cincela la perspectiva integral con la que una persona afronta los problemas”

El primer paso para la reconstrucción de la relación entre el gran público y el rigor histórico pasa por entender que la historia no es una certeza sino una aspiración. Es un gran puzle del que nunca se podrán reunir todas las piezas. Nadie adivinaría la imagen que esconde un puzle con sólo una pieza, y por el mismo motivo no se puede pretender estar cerca del hecho histórico sólo con conocer una visión aislada. Solo teniendo una actitud intrépida y proactiva se pueden reunir las suficientes piezas como para sentir que verdaderamente se aprehende la historia.

Invocando este espíritu en el mundo de los opositores al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado (CSACE), la necesidad de conocer la historia y rellenar su puzle se hace aún más imperiosa. El liderazgo, la capacidad analítica, el equilibrio racional, la cultura general, la cintura política, son herramientas fundamentales para el éxito profesional de un futuro directivo público. El dominio riguroso de la historia cincela la perspectiva integral con la que una persona afronta los problemas, y eso es en esencia un Administrador Civil: un solucionador de problemas.

“En un mundo desnaturalizado y etéreo, tan robótico y cibernético, quizás volver a conectar a los seres humanos con su naturaleza no sea una mala idea”

Pero yendo al corto plazo, a la mera preparación, la historia se hace -si cabe- aún más esencial, porque de ella nace todo el conocimiento vertido en las distintas áreas exigidas. Del devenir histórico -principalmente eurocéntrico- surgen todas las líneas de desarrollo de la ciencia política, la ciencia de la administración, la cristalización del derecho administrativo, la evolución económica, los axiomas de la comunicación, las diferentes corrientes sociológicas…Todo se puede analizar y comprender en clave histórica. Y si algo se destaca de un aspirante al CSACE -además de su memoria- es su capacidad analítica y comprensiva.

Volviendo a ascender a la vista de águila para lanzar algunas cuestiones finales ¿qué habría más necesario para saber lo que queremos ser que saber porqué somos lo que somos? En un mundo desnaturalizado y etéreo, tan robótico y cibernético, quizás volver a conectar a los seres humanos con su naturaleza no sea una mala idea.

Dicen que toda historia tiene un principio, un desarrollo y un final. La de esta reflexión en negro y blanco llega a su fin, con la humilde ambición de que sea, a su vez, el inicio de una nueva pasión por una historia mucho más grande, la humana, nuestra historia.

Juan Ramón Bedmär Díaz es Administrador Civil del Estado y preparador de CSACE en SKR. Actualmente trabaja como técnico superior en la Unidad de Medios Operativos de la Secretaría General de Presidencia del Gobierno. Muy fan de la astrofísica y del Atleti, aunque en el tradicional partido de prepas contra alumnos se ganó el apodo de “el Messi de la academia”.

8 comentarios

  1. Gracias por el artículo Juanra,
    tan inspirador como siempre. Quizás volver a conectar a los seres humanos con su naturaleza no sea una mala idea y sea la mejor. Espero que continúes regalándonos pequeños artículos.

  2. George Floyd ha muerto 500 años después del descubrimiento de América, pero las estatuas a Colón y a otras figuras se levantaron hace tan solo 100 o 150 años. La estatua como tal es más coetánea a los que la derriban vandálicamente que a los hechos históricos que trata de escenificar. Su derribo vandálico puede verse también, más que como un intento de censura hacia el personaje histórico, como una crítica a su ensalzamiento heroico en un momento muy reciente de nuestra historia. Estas estatuas en particular tienen un valor exclusivamente simbólico y bastante limitado en su dimensión artística. Como símbolos que son, están llamadas a significar algo para la sociedad y por eso se colocan en lugares significativos. Su derribo no puede verse también como un éxito de su valor simbólico, tan significativo que para algunos se hace insoportable? Desde luego estos sucesos se pueden asociar a manipulaciones simplistas de la historia, pero sin lugar a dudas motivan debates sobre la historia en colectivos que nunca se la hubieran planteado. La calidad del debate ya es otra cuestión.

    1. Verborrear acerca del valor simbólico de las estatuas, más aún abordar su dimensión artística, resulta completamente irrelevante dentro de la compleja y profunda reflexión que plantea este artículo. Catalogar a determinados sucesos como manipulaciones simplistas de la historia implica la auto adjudicación de una autoridad en la materia de la que presumo el/la autor/a del comentario carece. De igual manera, dudo seriamente que existan colectivos ajenos a los planteamientos históricos y el mero hecho de realizar tal afirmación revela cuanto menos una seria ignorancia, por no decir discriminación hacia los mencionados colectivos.

  3. Magnífico artículo que, además de ofrecer una interesante perspectiva sobre la historia, invita a reflexionar acerca de cómo va a afectar la era de la información a la historia como disciplina. Esto es, no a los acontecimientos históricos, sino al estudio de la historia. Como bien apunta el artículo, las reconstrucciones del pasado están sesgadas. Los textos que han sobrevivido constituyen la historia, pero no la realidad. No es que no se pueda reconstruir acontecimientos con certeza sino que en algunos casos ni siquiera hay seguridad sobre la existencia de personajes históricos a los que se atribuyen obras transcendentales, como es el caso de Homero. Estoy de acuerdo: la historia es, y no es. No obstante, ahora se recoge todo -incluso se excede, y se recoge aquello que nunca ocurre-. Cabe así preguntarse, ¿La información va a mejorar la comprensión que tengan las generaciones futuras sobre el pasado o, por el contrario, se aprovechará la amplitud de la información para mantener viva sólo aquella que confirme los intereses de cada cual? El presente siempre tiene dos frentes de interpretación, como mínimo. Y el devenir es contingente. Sin embargo, el pasado es lineal, y se presenta como una sucesión lógica y, sobre todo, necesaria. Pero la causalidad muchas veces es casualidad disfrazada. Con el paso del tiempo, quienes reconstruyen la historia omiten el azar y la casualidad y otorgan a los acontecimientos un carácter necesario que encaje en una narrativa lógica y coherente. Surge así la duda de si los océanos de información que ofrecen los medios actuales se utilizarán en el futuro de la misma manera que se ha venido haciendo hasta ahora para construir la historia.

    1. Muy cierto Blanca, la historia no es lineal pero necesitamos plantearla así para entender cómo hemos llegado a este punto. Lo cierto es que en el discernir de qué es lo propio y qué no está gran parte del debate social acerca de la historia. En mi opinión creo que este debe existir en un foro democrático y abierto a todos. No debemos tener miedo a revisitar constantemente el pasado para encontrar respuestas al hoy, pero de la misma manera tampoco es muy útil trasladar a este pasado la dialéctica actual y nuestros problemas.

  4. Pedro, no hay necesidad de plantear la historia de manera lineal omitiendo verdades que pueden ser igual de relevantes para el transcurso de los hechos que las que sí se recogen. Coincido en que no hay que trasladar al pasado la dialéctica actual, pero creo que eso no es lo que ha planteado Blanca en su comentario. A mi parecer, ha abierto el debate acerca de cómo se van a estudiar en un futuro los hechos que ocurren a día de hoy. Debate que adquiere una enorme relevancia en la sociedad de la información en la que vivimos, donde la información llega a todos los rincones y el control sobre la misma amenaza con hacerse imposible. De igual modo, con tu comentario, Pedro, se pueden plantear otras cuestiones como, por ejemplo, ¿qué debería imperar, el derecho de libertad de expresión, que puede generar varios puntos de vista históricos (teniendo en cuenta que perder el miedo de revisitar el pasado implicaría un revisionismo en ocasiones con connotaciones peyorativas) o atender a los hechos tal y como se han planteado por historiadores? Estoy de acuerdo también con el fondo del artículo de Juanra: resulta incontestable entendernos sin echar la mirada al pasado, donde se origina la perspectiva integral del hoy.

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