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Eurovisión y el arte de la guerra

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Una canción puede servir para iniciar una revolución, blanquear un régimen dictatorial, reivindicar una protesta social o posicionar políticamente a un Estado frente a un conflicto bélico. El Festival de la canción surge para frenar el régimen estalinista y 70 años después Eurovisión sigue siendo el nuevo y sutil arte de la guerra con casi 200 millones de espectadores.

SAMUEL ANTÓN CHIVO

Good evening Europe!

‘La batalla del futuro iba a ser la lucha por los corazones y las mentes de los hombres’ afirmó Eisenhower en un discurso tras la Segunda Guerra Mundial, según recoge el historiador Josep Fontana en su obra Por el bien del imperio. De este modo, se impulsaron políticas de propaganda cultural: desde la creación de las famosas Casas de América que contenían libros y prensa análogos a los valores occidentales, hasta la prohibición de estilos musicales como el rock o el jazz y la llegada al continente europeo de los carteles de Coca-Cola, cuya máxima expresión se observa en la película Good Bye, Lenin dirigida por Wolfgang Becker.

Ante tales manifestaciones, en febrero de 1950, se celebró la Conferencia de Torquay a través de la cual nace la Unión Europea de Radiofusión (UER) con tres objetivos: informar, entretener y educar.

Así surge el Festival de la Canción como un producto de la guerra entre culturas. Fue el resultado de un único miedo: la expansión del régimen estalinista. Años más tarde, el geopolítico estadounidense Joseph Nye, en su libro Bound to lead: The changing nature of American Power, acuñaría el concepto de ‘poder blando’ o soft power para referirse a la capacidad de legitimarse frente al resto y modificar la percepción y el comportamiento de terceros Estados a través de la música, el cine o el arte, entre otros.

La primera edición de Eurovisión tuvo lugar en 1956 y, décadas más tarde, se ha convertido en un fenómeno político, cultural y social, pero ¿cuál es su notoriedad e impacto? El festival de la canción cuenta con casi doscientos millones de espectadores y refleja lo que sucede en el escenario internacional, trasladando a las pantallas un conflicto entre potencias y erigiéndose como un espacio de creatividad, autoexpresión y protesta.

Eurovisión como arma

El Festival de la Canción necesitaba llegar a todos los rincones. Para ello, se optó por la comunicación de masas a través de canales como la televisión y la radio: ¿quién no recuerda el inicio de Cuéntame con la familia Alcántara reunida para ver la actuación de Massiel?

En la década de los sesenta, el régimen franquista utilizó la competición musical para mejorar la imagen de España en el exterior, a pesar de las protestas que instaban a boicotear a las delegaciones de la península ibérica. En este sentido, el Teatro Real de Madrid acogió la nueva edición del Festival en 1969 bajo el lema ‘La España diferente’, marcada por la ausencia de Austria en forma de condena. La victoria de Massiel fue el primer ejemplo de legitimación por parte de un Estado en Eurovisión para exportar al exterior la imagen deseada como se menciona en la obra conjunta 1968: el año de los doce mayos, coordinada por Erika Prado Rubio, Leandro Martínez Peñas y Manuela Fernández Rodríguez.

La participación de España, Portugal y Yugoslavia fue pensada para dinamitar aún más la esfera de influencia soviética. Los intereses occidentales perseguían construir un dique de contención con aliados que se alejaran del hermetismo de la URSS, sin importar el carácter autoritario de sus gobiernos.

En la década de los setenta, las disputas entre Irlanda y Reino Unido, los famosos Troubles, enfrentaron a católicos y protestantes marcando el transcurso del Festival, trasladando una colisión religiosa y colonialista al Festival de la canción. Igualmente, a lo largo de esos años, otras tensiones irrumpieron como, por ejemplo, la enemistad entre Grecia y Chipre frente a Turquía.

Por su parte, Grecia y Chipre se otorgaban puntos de manera recíproca, mientras que Turquía solo otorgó puntos a sus contrincantes cuando acaecieron acercamientos diplomáticos como, por ejemplo, en 1988, tras la reunión con el ministro griego, Andreas Papandreu, o tras la adhesión de Chipre a la Unión Europea.

Israel se incorporó a la competición en 1973, después del estremecedor atentado en los Juegos Olímpicos del conocido ‘septiembre negro’. Un año más tarde, en 1974, se pueden subrayar dos canciones muy relevantes en el festival: la primera, titulada ‘Y después del adiós’, se convertiría en la señal que iniciaría la revolución de los claveles en Portugal hacia la senda democrática; la segunda, ‘Sí’, de Gigliola Cinquetti, con la que se enarbolaba el derecho de las mujeres a abortar y, por consiguiente, se pretendía influir en un referéndum posterior sobre la cuestión. De esta manera, gracias a este tipo de composiciones, el festival de la canción se ha convertido en una plataforma de protesta y autoexpresión.

Tras la victoria consecutiva de Israel en 1978 y 1979, tuvieron que renunciar a la organización de este en 1980, ya que coincidió con la celebración de una festividad judía. Este momento fue aprovechado por Marruecos que, participó por primera y única vez, debido a la ausencia del principal enemigo del mundo árabe.

Igualmente, al otro lado del Atlántico, en 1982, estalló la guerra de las Malvinas entre Argentina y Reino Unido, al mismo tiempo que se organizaba Eurovisión en la ciudad inglesa de Harrogate. España se había posicionado a favor de Argentina en el seno de Naciones Unidas y usó la plataforma musical para llevar un tango, género característico de Argentina. Reino Unido nos otorgó cero puntos, porque “el país no estaba para tangos” señaló José Ramón Pardo.

Meses antes de la caída del Muro de Berlín, de manera paradójica, Yugoslavia ganó el Festival de Eurovisión y con la desintegración del espacio soviético, los países resultantes se acercaron a la Europa occidental a través del Festival.

Europa, en ese momento, se enfrentaba a la reforma de la UE con el Tratado de Maastricht para profundizar el grado de integración del proyecto europeo. Países Bajos, con su canción ‘Juntos: 1992’, proyectó la identidad europea y sus valores, hablando de una Europa en libertad y sin fronteras. La propuesta recibió una gran acogida, salvo por parte de Reino Unido y Noruega, dos Estados históricamente reticentes a la aspiración europea.

Son muchas las voces que relacionan Eurovisión con la Unión Europea, pero según explica el académico Dean Vuletic en su obra Postwar Europe and the Eurovision Song Contest, solo existen episodios paralelos concretos con ejemplos como los expuestos anteriormente o, también, la introducción de las semifinales en Eurovisión en 2004 como consecuencia de la gran ampliación dentro de la UE. 

Así, la llegada del siglo XXI puso de manifiesto la consolidación del concurso musical. Las primeras décadas se han caracterizado, por un lado, por la irrupción de la identidad cultural conformándose bloques culturales como, por ejemplo, el báltico, el balcánico o el ibérico, según confirman Julie Kalman, Ben Wellings y Keshia Jacotimes en su obra Eurovisions: identity and the international politics of the Eurovision Song Contest since 1956.

Por otro lado, se intensifica la protesta, con algunos ejemplos destacados:

  • En los meses previos a la Revolución Naranja, Ucrania ganó el festival de Eurovisión con Wild Dances, iniciando el viraje hacia una postura cercana a Occidente de la mano del candidato Víktor Yushenko.
  • Con la invasión en 2008 de Georgia por parte de Rusia, en 2009, el país invadido presentó una canción titulada We don’t wanna put in, jugando de manera inteligente pero evidente con las palabras para manifestar su rechazo al régimen ruso.
  • Netta, representante de Israel triunfó en 2018 con su canción Toy, un himno feminista en un momento en el que el mundo era agitado por el movimiento Me Too.
  • En esta misma línea, desde la anexión de la península de Crimea por Rusia en 2014 y la posterior invasión del territorio ucraniano, Ucrania ha ganado el festival en 2016 y 2022 con canciones políticas. De hecho, tras el acontecimiento armado que conculca los valores del festival, la UER decidió vetar a Rusia del concurso.  

¿Unidos por la música?

El pasado sábado, 11 de mayo, Malmö acogió el Festival de Eurovisión bajo el lema ‘United by music’, en el que veintiséis delegaciones lucharon por conquistar los corazones de Europa y del mundo con su mensaje para alzarse con el micrófono de cristal.

Otra edición marcada por el veto de la UER a Rusia por tercer año consecutivo tras la invasión de Ucrania. Un gesto de solidaridad geográfica, ya que los actos perpetrados por Israel en la Franja de Gaza no han sido condenados y, por consiguiente, su participación sigue vigente a pesar de las numerosas peticiones de la sociedad civil, al igual que en el caso del conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por el enclave de Nagorno-Karabaj.

Mientras Ucrania recreaba el lanzamiento de cuantiosos misiles en una actuación que habla del empoderamiento femenino, se prohibía cualquier símbolo, ya sean banderas, pañuelos o mensajes a favor del pueblo palestino que claman libertad y un alto el fuego. Movilizaciones alrededor del recinto y en redes sociales como nuevo espacio público, abucheos, censura, frustración, numerosas reivindicaciones por parte de los artistas o, incluso, la descalificación del representante de Países Bajos, han caracterizado la edición y han puesto en peligro el propio festival horas antes de su emisión con el patrocinio de Moroccanoil, una empresa israelí.

Finalmente, Suiza, representada por Nemo y su ‘The Code’ se alzó con el micrófono de Cristal, siendo la primera persona no binaria de la historia del Festival y erigiéndose como un ejemplo más de visibilidad siguiendo los pasos de Dana International y Conchita Wurst. Israel recibió trescientos veinte puntos del público siendo el segundo país más votado, de los cuales doce provenían de España, cuya explicación reside en la campaña impulsada por el Ministerio de Asuntos Exteriores y la oficina de publicidad gubernamental para movilizar a un público afín y simpatizante con las acciones de Netanyahu.

Ante tales circunstancias, se espera que todo lo ocurrido en los últimos meses sirva al ejecutivo del Festival de Eurovisión para reflexionar sobre los valores del concurso, sobre la democratización de la competición y la participación de Israel o Azerbaiyán asegurando la continuidad del espectáculo.

Además, el impacto de la edición ha llevado a las distintas televisiones públicas a agendar reuniones con la UER para dialogar sobre lo sucedido; la Asamblea General de Naciones Unidas ha votado a favor de considerar a Palestina como miembro de pleno derecho de la organización y, por consiguiente, varios estados, entre los que se encuentran Eslovenia, Malta, Irlanda y España, planean impulsar el reconocimiento de Palestina como Estado.

En el caso de España, se ha publicado recientemente el Barómetro del Real Instituto Elcano, en el que se recogen datos de la opinión pública española sobre el reconocimiento del Estado de Palestina: el 78% de la población se posiciona a favor de dicho gesto, el 60% cree que la solución pasa por la división en dos Estados y cada vez un mayor número de personas señala a Israel como principal responsable del conflicto tras lo sucedido en Gaza.

El escenario de Eurovisión es un espacio común y de autoexpresión; una plataforma de reivindicación, crítica, diversa y disidente. Un espacio de encuentro, donde todo el mundo quiere formar parte de la cita musical más importante del año. Eurovisión es un símbolo y un catalizador de cambios sociales. Eurovisión es el reflejo del escenario internacional, uno de los nuevos campos de batalla, en el que los Estados compiten para conquistar en tres minutos las mentes y los corazones de los espectadores a través de la música. Eurovisión es el nuevo arte de la guerra, “es someter al enemigo sin luchar” como sentenció el filósofo chino Sun Tzu.

Samuel Antón Chivo es Eurofán. Graduado en Relaciones Internacionales. Máster en Derecho Internacional. Opositor al CSACE. Autor de Eurovisión y Geopolítica y coautor de 1968: el año de los 12 mayos.

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